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Por: Admin Sistema3/23/2026

El Coleccionista de Atardeceres

Había una vez un hombre llamado Julián que vivía en una pequeña casa en la cima de una colina. Julián no coleccionaba sellos, ni monedas, ni antigüedades. Él coleccionaba algo mucho más efímero: atardeceres.

Cada tarde, cuando el sol empezaba a besar el horizonte, Julián subía a su tejado con un frasco de cristal vacío. No se sabía cómo lo hacía, pero cuando el cielo se teñía de violeta y naranja fuego, él extendía el frasco y atrapaba un rayo de esa luz.

Al bajar a su sótano, los estantes brillaban con miles de colores. Había frascos que contenían "tardes de verano con olor a mar", otros con el "dorado pálido del invierno" y algunos, los más especiales, con el "rosa suave de una primera cita".

Un día, una niña del pueblo subió a visitarlo.

—Señor Julián, ¿para qué guarda tantos colores si nadie puede verlos aquí abajo? —preguntó ella.

Julián sonrió y le entregó un frasco que brillaba con un azul eléctrico y chispas plateadas.

—Este es para los días grises —dijo él—. Cuando sientas que el mundo ha perdido su color, ábrelo un poquito.

La niña lo hizo y, de repente, la habitación se llenó de una luz cálida que le recordó que, sin importar cuán oscura fuera la noche, el sol siempre encontraría una forma de volver a brillar. Desde entonces, Julián no solo coleccionaba atardeceres; empezó a regalarlos a quien más los necesitaba.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.